Algunos de mis amigos tienen padres a los que les gusta el rock. Esto puede provocar a cierta edad, que el vástago odie esa música y sea seducido por el pop o algo de esa calaña. O puede suceder que el hijo se vea beneficiado de esas afinidades y tenga en su poder (son del padre, pero ya se relame los bigotes esperando el pase de la estafeta) muchos casettes, acetatos o incluso una tornamesa, muy apreciada en estos días tan hipsters. Todo tiempo pasado fue mejor.
No es mi caso.
Vivir en el norte, en los noventas, era vivir en un país diferente. La impresión que me queda de Ciudad Victoria es de una ciudad extensa, soleada y blanca. Siempre hacía calor en verano así que jugábamos en las calles con la menor cantidad de ropa posible. Yo vivía en un típico American Suburb. Tamaulipas estaba más cerca de Texas que del D.F. (DDF en ese entonces). De eso estoy seguro.
Crecí escuchando, por parte de mi padre, a Liberación, Fito Paez (¡maestro!), Rigo Tovar (puedo contar que fue el primer concierto al que asistí, no me acuerdo de mucho, solo que era un dia despejado, había mucha gente, y tuvo lugar en una plaza de la ciudad), Grupo Pegasso y Los Mier.
A la mamá de los Politos, le gustaba Mocedades, Leo Dan, Raphael, Los Panchos y Olivia Newton John. Así que mientras saltaba en las camas, corría en los pasillos y me torcía la nariz dándome un madrazo en el sillón, sonaba de fondo “Aleluya del Silencio”, “La Carcachita”, y “Eres la otra España”. Mi papá pasaba poco tiempo en casa por esos días, pero los fines de semana que lavaba su carro siempre ponía “La Coloreteada”, “El colesterol” o “Juana la Cubana”. Que chingón es Fito Paez.
Estaba en mi típico American Suburb el día del eclipse. Mamá no me dejó salir a la calle a verlo, porque todos creíamos que nos quedaríamos ciegos; además había fuertes rumores de un sismo, seguido del fin del mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario